28.12.08

ESPAÑA, PAÍS VULNERABLE

Cuando se internacionaliza la lucha antiterrorista cabe el riesgo de que la actividad terrorista que pretendemos combatir recorra un camino similar en sentido contrario. Dicho riesgo se multiplica en la medida en que se estrecha el cerco internacional contra una determinada organización para la que resultaría perjudicial efectuar un atentado indiscriminado a gran escala. Uno de los precios más elevados de esa cooperación internacional entre terroristas radica en la confusa evaporación de la frontera entre las principales justificaciones y motivaciones de cada organización; un precio siempre elevado para el grupo terrorista más pequeño y local, dotado de objetivos más precisos y definidos. Por ello, si se establecen relaciones criminales de colaboración, lo que cualquier organización terrorista local intentará es aparecer totalmente desvinculada de los autores públicos de la gran masacre.

Parece que ese tipo de alianzas entre una organización terrorista limitada y una red internacional es menos frecuente de lo que se piensa. Y no puede ser un recurso regular cuando los objetivos de cada organización son muy distintos y la coincidencia de intereses se restringe a circunstancias muy concretas. Ahora bien, si excepcionalmente el objetivo es el mismo, la alianza se establecerá entre los que aportan experiencia y know-how en la industria del terror y los que ponen mártires, decisión y toda la brutalidad posible para un impacto letal. Ese objetivo puede ser hundir a un país internacionalmente, doblegar una voluntad colectiva o derribar un régimen o gobierno. Una meta concreta, nada más.

No parece que en España se haya extendido la reflexión acerca de lo ocurrido entre el 11 y el 14 de marzo de 2004. La práctica totalidad de los discursos públicos han optado por olvidar todo aquello, pasar página y mirar hacia delante. Los debates más agrios se centraron en adjudicar la autoría en medio de una investigación que fue muy complicada y un polémico juicio que terminó con una sentencia no menos discutida. Las guindas del pastel han sido las excarcelaciones y rebajas de pena a los sentenciados como culpables de realizar el atentado más bestial de la historia de España. Cosa curiosa; penas más llevaderas cuatro años después de los atentados de Madrid.

La reflexión, como mera hipótesis de partida, estaría alojada en otro plano. ¿Qué objetivos buscaban los terroristas que llevaron a cabo los ataques del 11 de marzo? Parece que hay un amplio consenso acerca de dos de esos objetivos:

1º) Castigar a España por su presencia militar en Iraq.
2º) Poner de manifiesto la enemistad de Al-Qaeda con la conducta y estrategia del gobierno de José María Aznar por su acercamiento a los EE.UU.

España y el nuevo gobierno saliente de las elecciones dio cumplida satisfacción precisamente a estos dos objetivos. Antes de cumplirse tres meses de los atentados, el nuevo presidente José Luis Rodríguez Zapatero retiraba las tropas españolas de Iraq (frente a su promesa de retirarlas sólo a partir del 30 de junio). Por otro lado, desde la primavera de 2004 hasta comienzos de 2008 el gobierno español no ha perdido ocasión de criticar y desprestigiar públicamente al ex presidente del gobierno. La sal gruesa la puso el ministro de Asuntos Exteriores cuando acusó a Aznar de preparar un golpe de Estado contra el venezolano Hugo Chavez, una muestra de imprudencia diplomática que el gobierno hubo de pagar años después en una Cumbre Iberoamericana. La tendencia hacia lo incalificable ha hecho fabricar rumores sobre el presunto divorcio del ex presidente, sobre la posibilidad de haber dejado embarazada a la ministra de Justicia de un país vecino, etc. Nulo respeto institucional para los ex presidentes.

Mientras España se ha mostrado inflexible en el juicio contra algunos de sus mandatarios, ha dado sin embargo la sensación de doblegarse con bastante facilidad a los objetivos terroristas. Al menos, responde de manera muy distinta a como lo hicieron los ingleses tras los atentados de Londres. Además ha reforzado su docilidad ante la violencia con la fachada del hueco edificio de la Alianza de Civilizaciones (mera marca para dar otra imagen ante el mundo árabe) y su disposición a resolver el terrorismo doméstico de ETA a tumba abierta. Las dos estrategias parecen estar ya superadas por puro descrédito.

La cuestión es saber qué haría España ahora si recibiera otro atentado de semejante naturaleza por su presencia militar en Afganistán o Líbano. ¿Volvería a culpar al gobierno (no a los terroristas) de lo ocurrido? ¿Terminaría retirando sus tropas si se repitieran dos o tres veces diversos ataques? Si existe un peligro real de atentados fundamentalistas, ¿por qué no se han producido todavía? Obviamente, no vamos a hablar de la encomiable y sacrificada labor de las fuerzas de seguridad del Estado y de las directrices que reciben porque ahí no se encuentra la respuesta a estos interrogantes. ¿Cuál es el papel que está desempeñando el terrorismo doméstico al que se aprieta pero no se ahoga? Es evidente que la decisión del presidente Zapatero de no devolver a la Cámara el permiso para negociar con ETA significa algo. El juego de espejos parece servido.

España es hoy un país suficientemente vulnerable. Mucho de lo sembrado desde el 2004 dará sus frutos, sin duda. Mientras el terrorismo local no sienta el ahogamiento, no parece que esté dispuesto a establecer contactos exteriores. Dejar semiabiertos los cauces de comunicación puede ser mejor que intentar cargarse a un gobierno del que quizás pueda sacarse aún algo. El gobierno se supone sabrá que sólo puede apretar hasta un cierto punto para no provocar efectos indeseados; de ahí sus aireadas puestas en escena cada vez que, desde Francia, se detienen a líderes de ETA. Ir poco a poco, para no cerrar la puerta a una negociación final más o menos generosa. Podremos llegar a los 4 millones de parados, pero si se resuelve el problema de ETA, las próximas elecciones se las asegura de nuevo un presidente que no piensa poner limitaciones voluntarias al número de sus mandatos.

Los equilibrios parecen lo suficientemente frágiles como para que su precariedad se mantenga durante mucho tiempo, sobre todo si ahora se quiere corregir rumbo ya sea interior o exteriormente. Al fin y al cabo, esos precarios equilibrios traslucen debilidad, falta de previsión y cierta irresponsabilidad para las generaciones futuras. Suscita sonrisa la cándida actitud del gobierno socialista español ante la "esperanza" que representará el nuevo presidente Obama.

España, país vulnerable, país sometido a la ignorancia como sistema y acostumbrado a la estupidez como gracia; los españoles así lo han querido.