10.3.11

A MEDIA LUZ (o las improvisaciones del señor Ocurrencias)

Nos vienen acostumbrando al absurdo y una buena porción está ya tan alineada que ni siquiera se siente estúpida. La sonrisa que sostenían los bufones de Velázquez aún se mantiene en rostros, tal vez beneficiados de algún “ERE”, quizás colgados de la blanda manduca que proporciona el ingreso de nómina sin dar palo al agua durante toda una mensualidad. El caso es que nadie se mueve ante la estulticia esculpida cada viernes por parte del gobierno. Y los hay que hasta se molestan si se denuncia el escándalo. País.

La cosa es que tenemos unos rectores de la cosa pública que nos cuidan, al parecer, por nuestro bien. Si nos negaron la crisis por año y medio fue precisamente para no inquietarnos, que el corazón sufre. Si llegó el desastre, nos lo palian con un verdadero jarabe de palos para los más desfavorecidos. Si nos suben la electricidad un 3% a comienzos de 2010 es para que aprendamos a ser sensatos en el consumo de la misma. Si nos la suben más de un 10% (IVA incluido) en 2011 es para que aprendan esos cabritos a los que les da por encender la luz de manera insolidaria. Si nos ponen una multa es por nuestro bien. Si reducen la velocidad máxima a 110 kilómetros por hora en vías rápidas es porque somos unos inconscientes. Si nos apagan la mitad de las farolas es para que veamos mejor la carretera. ¿A quién le daría por poner tantas luces en las carreteras? Sería a los eternos conspiradores. Probablemente Franco estuviera ya en el ajo y, por supuesto, seguro que Aznar tuvo la culpa. A media luz se está mejor.

Nada como una media luz mientras estás circulando, sin saber si te topas con un tractor por delante o te embiste un camión de doce ruedas por atrás. ¿Por qué negarse al placer sorpresivo? Nada de gastos superfluos en las carreteras, ni en la vida cotidiana. Para eso ya están los convoyes de coches de cilindrada del presidente, que le acompañan donde quiera que va. Sin límites de velocidad, sin atascos, sin tonterías de bolsa-caca, ni canon digital. Por las buenas, a toda marcha, que para eso es presidente. ¿A qué velocidad y qué itinerario en contramano siguió el cortejo del presidente del gobierno el 13 de febrero de 2011 cuando entró y salió del Palacio de Congresos de Sevilla? Por lo visto la velocidad es virtud en los mandamases (cuestión de seguridad) y vicio en los contribuyentes que pisan el acelerador (también cuestión de seguridad). Ya sabes: “No podemos conducir por ti”. Seguido de: “pero sí te podemos poner una multa que te crujen los huesos si aparcas en zona azul o te pasas un kilómetro/hora de la velocidad establecida”. No podemos conducir por ti; nos basta con meter la mano en tu cartera.

Los ciudadanos han pasado a ser unos menores de edad de los que se presupone todo tipo de infracciones. El canon digital es un canto inigualable a la previa culpabilidad de todo bicho viviente que se acerque a un ordenador. El aborregamiento ha llegado a tal límite que el gobierno ha planteado apagar las luces a las seis de la tarde y todavía hay quien lo entiende. Como entienden que treinta y pico “eres” presuntamente fraudulentos se conviertan en “tres o cuatro” por la mágica aritmética de don Manuel Chaves, expresidente de la Junta de Andalucía. Y cantaba don Blas Infante aquello de “andaluces, levantaos”. Apañado fue un día por los unos y apañado está por los otros.

Y están perfectamente convencidos de lo que hacen. El primero, el presidente. Durante su penúltimo lucimiento internacional y en su visita a Túnez, Zapatero no ha dudado en explicarle al primer ministro Béji Caïd Essebsi –de 84 años de edad- su visión teleológica de la transición a la democracia en España. Según su nueva y personal historiografía, el joven Rodríguez Zapatero tenía 15 años cuando murieron Franco y la dictadura que había golpeado y aniquilado a su abuelo y hostigado a su padre (alto funcionario en el Ayuntamiento de León y miembro destacado de su colegio de abogados) y, por lo visto, a media familia. Zapatero se estrenó en las urnas votando la Constitución de 1978 (toda una señal de su predestinada vocación política) y, años más tarde, aquel todavía imberbe luchador por la democracia que estrenó Constitución se convirtió en presidente del gobierno de España. Todo el camino recorrido ha servido justo para eso: para convertirle en presidente. Ante semejante explicación, Essebsi tuvo que calar al personaje y sus generosas promesas de ayuda, espetándole un “esperamos que mañana pueda usted decir lo mismo”. La sabiduría de llegar a los ochenta años.

Algunos –los que más demócratas se creen- calificarían a este gobierno de grupo angelical y bienintencionado que no debería ni siquiera convocar elecciones para evitarle a la ciudadanía la tentación de votar a la “caverna”. Otros, sencillamente, dirían que son una caterva de cínicos. Menuda tropa.

Tranquilos que la culpa -seguramente- es de Franco… o, tal vez, de Moody’s. ¿Verdad, presidente?

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